BIENVENIDOS A MI BLOG



LOS ÁNGELES DE TAMADABA






     Cuando Javier Campoy abrió los ojos, no podía imaginarse que se encontraba en Gran Canaria. Lo único que recordaba era que una potente luz lo había deslumbrado cuando a altas horas de la madrugada, y solo en su coche, viajaba de vuelta a su casa en Madrid.
       
      Una larga lista de personas desaparecidas en la isla, llevaron a los inspectores José Mckin y Pablo Jiménez a investigar a un ciudadano alemán, Gilbert Meier, dirigente de una secta cuya ideología estaba determinada por una leyenda sobre una familia de curanderos que habitó, a principios del siglo XX, en el pinar de Tamadaba. De ahí que los isleños les conocieran por “Los Ángeles de Tamadaba”.

     Todos ellos, junto a una larga lista de personajes muy bien definidos, se verán envueltos, como actores involuntarios, en una misma trama.
Desarrollado principalmente en paisajes naturales de la Isla de Gran Canaria, todo está rodeado de misterio, intriga y una acción trepidante en Los ángeles de Tamadaba.





https://www.amazon.es/dp/B016A53WZS?tag=gdavper-21&camp=3598&creative=24794&linkCode=as1&creativeASIN=B016A53WZS&adid=11F9C1TSCQ21T0KVC4YM&
https://www.amazon.es/dp/1540580334?tag=gdavper-21&camp=3598&creative=24794&linkCode=as1&creativeASIN=1540580334&adid=16RBWZZ454KHJCT17QYX&
 




















Lee un poco de 

LOS ÁNGELES DE TAMADABA









Prólogo









“ No vemos las cosas tal como son,

sino tal como somos “ ( El Talmud )









Pinar de Tamadaba – Isla de Gran Canaria

22 de Julio de 1892





  La tarde se aproximaba a su fin y los últimos rayos del sol iluminaban escasamente la gran planicie, la sombra de los altos pinos se alargaba exageradamente como gigantes rascacielos dejando al lugar en semipenumbra.


      Un grito desgarrador rompió el silencio que ni las aves se atrevían a romper y algunos pájaros remontaron el vuelo aterrados, causando la agitación de las ramas de los árboles. Los niños sentados sobre una manta en el suelo levantaron la mirada asustados por la estruendosa marcha de la bandada.


      La mujer yacía en un jergón empapada en sudor respirando entrecortadamente. Las contracciones eran cada vez más fuertes. 


      – ¡Respira! –le instó el hombre que le agarraba la mano –.Ya queda poco, casi está fuera. 


      Una muchacha rubia, esbelta de ojos azules y de unos quince años le secaba el sudor de la frente con paños humedecidos en agua caliente. 


      –Tranquila madre, pronto llegará Ángel con el médico –la chica intentaba tranquilizar a su madre hablando suavemente y acariciándole el pelo. Su padre levantó la mirada y la miró con desánimo. 


      –¡Vamos cariño, que ya llega! –la animó nuevamente su marido cuando la mujer profirió otro grito de dolor.


      El hombre se postró ante las piernas abiertas de su esposa y divisó por fin un bulto con vello que sobresalía de la vagina de la mujer. Era el bebé, que pugnaba por emerger al mundo por un hueco tan estrecho. 


      –¡Ya está comenzando a salir! ¡Empuja mi amor! 


      –¡No puedo! –gritó Mercedes casi sin aliento –¡Ya casi no tengo fuerzas!


      La chica le besó la frente y la instó a empujar una vez más. 


      –Vamos madre usted es muy fuerte y con este ya son ocho hijos. 


      –¡Un empujón más, cariño! –dijo Ángel sonriendo, mientras por su rostro rodaban sendas gotas de sudor –¡Tengo su cabecita entre mis manos! ¡Empuja, que ya falta muy poco! 


      –¡Vamos Madre! –la animó su hija Eva, que no cesaba de limpiarle la frente con los paños ni de acariciarle el pelo.


      Mercedes volvió a gritar, después apretó los dientes y empujó con toda la fuerza de la que fue capaz animada por su marido y su hija mayor. 


      De pronto, Ángel profirió un grito de alegría al comprobar que su hijo ya sacaba todo el cuerpecito como si de un proyectil se tratara, untado en un líquido viscoso. Lo sostuvo en brazos con mucho cuidado y lo cubrió de besos. Puso al bebé boca abajo y le dio un azote suave en las nalgas; cuando el niño rompió a llorar, su hija Eva soltó un grito de alegría, mientras Mercedes se dejaba caer rendida en el jergón, sonriendo aunque ya casi no le quedaban fuerzas.


      Eva se levantó llorando para ver a la criatura en brazos de su padre; con éste ya era el quinto parto de su madre que asistía y siempre terminaba llorando de alegría al ver como llegaba al mundo un nuevo hermano, sorprendida por cómo funcionaba la naturaleza de los seres humanos.


      Ángel le tendió al niño en brazos de su mujer después de que su hija lo ayudara a cortar el cordón umbilical; Mercedes besó y abrazó a su bebé con mucho cuidado, algo ya recuperada por el esfuerzo. 


      –¡Ve a darle la noticia a tus hermanos! –le instó Ángel a su hija.  


      Eva salió de la cabaña  como alma que lleva el diablo y regresó con sus cinco hermanos, que se abalanzaron sobre su madre y su nuevo hermano para cubrirlos de besos. Los hermanos reían y lloraban de alegría contemplando la grandiosa escena.


      –¡Está bien, ya es suficiente! ¡Dejen descansar a su madre! –soltó Ángel al cabo de un rato; en su cara se reflejaba la felicidad al contemplar aquella estampa. Todos sus hijos reunidos en torno a su madre y su nuevo hermano, a excepción de su hijo mayor Ángel, que había ido a buscar al médico al pueblo más cercano. 


      Eva conminó a todos sus hermanos a salir de la cabaña para dejar a sus padres disfrutar de aquel momento mágico y todos salieron en tropel hablando y riendo. 


      –Es tan hermoso,… –comenzó a decir Mercedes cuando se hubieron quedado solos –con sus mejillas sonrosadas y su carita tan tersa. Me recuerda a ti cuando te vi por primera vez. Con tu cara de ángel, repartiendo leche de cabra por las casas de Las Palmas. 


      –Tú si que me pareciste un ángel, tan linda, observándome con tus ojillos marrones desde la mesa de la cocina de tu casa. 


      Ángel se le acercó y la besó en la boca; el bebé dormía apaciblemente en los brazos de su madre. 


      –Me has dado unos hijos maravillosos, mi amor –ella sonrió cansadamente, después añadió con solemnidad –Debes criar a nuestro nuevo hijo exactamente igual…


      –Lo criaremos los dos juntos, como a todos los demás –la interrumpió su marido. 


      –No cariño. Las fuerzas me abandonan y sé que no estaré aquí para verlo crecer.


      Ángel chistó y le tapó los labios con el dedo índice para hacerla callar. 


      –No digas eso, cariño. Todo saldrá bien. 


      –Esta vez no para mí, mi vida. Creo que estoy perdiendo fuerzas.


      El marido destapó a su mujer y pudo comprobar que seguía perdiendo sangre por la vagina después de desprender la placenta. Ángel miró al techo con los ojos cerrados pidiéndole a Dios que su hijo mayor regresara cuanto antes con el médico.


      Salió a la puerta y llamó a Adam, su tercer hijo. El muchacho se acercó presuroso y solícito a la llamada de su padre. 


      –¡Dígame padre! 


      –¡Ve y tráeme pitas de aloe! ¡Rápido! –su padre casi lo empujó.


      Adam salió corriendo y regresó al poco con las dos pitas de la planta solicitada por su padre.


      Ángel preparó un líquido con las pitas que le entregó su hijo y le dio de beber a su mujer; ella lo saboreó, esbozó una mueca de asco, pero se lo tragó sin rechistar. Después su marido le untó la mezcla por la vagina. 


      –Siempre has tenido curiosidad por la medicina. Debiste haber sido médico –comentó ella. 


      –Eso sólo lo podría estudiar un niño rico y no un cabrero como yo –Ángel esbozó una sonrisa, luego su rostro se ensombreció –.Siento haberte privado de tus comodidades, mi vida. 


      –No digas tonterías, nunca antepondría los lujos y el dinero de mi familia a la maravillosa vida que me has dado. Los atardeceres y los amaneceres en Tamadaba no tienen precio y mucho menos nuestros ya ocho maravillosos hijos; así como todo el amor que me has dado –casi le costaba expresarse. Abría y cerraba los ojos con frecuencia, como si no tuviera fuerzas para mantenerlos abiertos debido al cansancio. 

El niño seguía dormitando en los brazos de su madre ajeno a su desfallecimiento. 


      Ángel rompió a llorar derrumbándose en el vientre de su mujer. 


      –Siento haberte separado de tu familia, mi amor –logró decirle. 


      –Ellos se separaron de mí… Nunca soportaron… la idea de ver… a su hija casada… casada con un…. hombre pobre. 
 

      –Me siento tan culpable –balbució Ángel. 


      –Escúchame mi amor –ella hizo acopio de fuerzas y le alzó la cabeza a su marido para que la mirara –.Me gustaría que le pusieras a este hijo el nombre de mi abuelo, Graciliano, que le pusieron así porque nació el 12 de agosto; el día de este santo –ella sonrió como pudo y él asintió con los ojos llenos de lágrimas. 


      –Te quiero tanto, mi amor –logró articular Ángel. 


      –Yo a ti también, mi vida. Cuida… de todos… nuestros hijos –alcanzó a decir Mercedes; después cerró los ojos y se quedó inerte. Ángel se abalanzó sobre ella y comenzó a besarla y a abrazarla, gimiendo y llorando desconsoladamente.


      La puerta de la cabaña se abrió repentinamente y entró el mayor de los hijos, que había heredado el nombre de su padre, seguido del médico portando su maletín. Ángel hijo se acercó al lecho donde yacía su madre y se sorprendió de ver a su padre llorando. 


      –¡Padre he traído al médico! 


      Su padre levantó la cabeza con los ojos anegados en lágrimas; la luz de la lumbre caía tenue sobre el rostro níveo de Mercedes haciéndola parecer una virgen, con los párpados cerrados y los labios rosados perfectamente delineados. 


      –Ya es tarde mi hijo, a tu madre ya se la ha llevado Dios –dijo entrecortadamente. 


      –¡No! ¡No puede ser! –Ángel hijo no daba crédito a lo que veían sus ojos. Rompió a llorar cayendo de rodillas a la vera de su madre; le cogió la mano derecha y comenzó a besarla. 


      El médico se apresuró a examinar a la difunta comprobando las constantes vitales por si hubiera alguna esperanza de vida. Le tomó el pulso en el cuello como si no quisiera importunar a los dos hombres. Al ver que la mujer no tenía pulso, ni siquiera se molestó en escuchar el latido del corazón con el fonendoscopio. Acto seguido, cogió al bebé en brazos y se dispuso a examinarlo. 


      Por su parte, el resto de los componentes de aquella numerosa familia apareció en el umbral de la puerta atraídos por los llantos de el padre y el hermano. Todos a la vez se precipitaron sobre los dos hombres embargados por la misma emoción. Se abrazaban los unos a los otros presas del amargo llanto.


      Nadie sabe cuánto tiempo permanecieron así, sumidos en el dolor de la pérdida de su madre. El médico se despidió a los pocos minutos dejándolos desahogar sus penas y se marchó cerrando la puerta de la cabaña como si quisiera que nadie los molestara, a sabiendas de que en aquél remoto lugar sólo vivía  aquella humilde familia; alejados del resto de la humanidad como los dioses del Olimpo.


      Con el paso de los años, todos los hijos aprendieron la destreza de su padre con la medicina natural, que a su vez fue ampliando su sabiduría experimentando con la flora del lugar. Fabricaban ungüentos y jarabes que vendían en los pueblos más cercanos. Comenzaron a curar a las gentes que se acercaban a su cabaña movidos por el rumor de que aquella familia tenía el don de sanar, hasta que la multitud los desbordó y alborotó la apacible vida a la que tan acostumbrados estaban. 


      Llegó el día en que su padre los instó a que abandonaran el nido familiar y arrastraran consigo a toda aquella muchedumbre; repartiéndose por los pueblos de la isla para así poder ejercer la medicina con tranquilidad, mientras él volvería a recuperar la calma junto a su hijo menor Graciliano. 


      Años más tarde, con la llegada de la penicilina, comenzaron a perder adeptos y se dedicaron a otros menesteres, mezclándose con la gente de los distintos pueblos hasta que sus grandes hazañas quedaron en simples leyendas.


      Así dejaron de ser recordados los que durante años fueron conocidos como “Los Ángeles de Tamadaba”.

     



















Los Desaparecidos



    "Comprenderéis la verdad

 Y la verdad os hará libres"

(Jesucristo según el evangelio de San Juan)





Gran Canaria en la actualidad.

Finales de 2003.


















1





   Los primeros rayos del sol matutino le bañaron su rostro pálido obligándolo a despertarse. Abrió los ojos y los volvió a cerrar cegado por el rendor solar.

      Ahora, sintió frío y su reacción fue cubrirse el cuerpo con sus manos, abrazándose para resguardarse la parte superior de su cuerpo; entonces notó que no llevaba nada, que su pecho y sus brazos estaban helados.

      Se incorporó como pudo descubriendo con asombro su total desnudez. Una sensación de terror lo embargó y asustado,  se puso de pie tratando de reconocer el lugar donde se encontraba. Recorrió el terreno con la mirada a diestro y siniestro girando en derredor en busca de  alguna señal que le indicara su ubicación, pero no vio nada. El lugar era una especie de barranco, con plantas salteadas que se colaban entre las piedras de hasta la parte más alta de la pared. Sin poder descubrir donde se hallaba,  comenzó a caminar en busca de la civilización.

      Marchando por un suelo pedregoso y salvando de cuando en cuando arbustos y tuneras, llegó hasta un sendero por el que anduvo largo rato. Encorvado y con los brazos cruzados, se frotaba de cuando en cuando para paliar el frío que sentía, que aunque hacía ya largo rato que el sol resplandecía en lo alto, aún corría una brisa fresca. Casi sin darse cuenta, el sendero llegó a su fin para dar paso a una carretera asfaltada, por la cual continuó caminando sin divisar ningún tipo de vida.

      Sus pasos sonaban como tortazos en la piel al chocar sus pies con el asfalto frío de la larga vía que se extendía hacia abajo para desaparecer en una prominente curva obligada por las protuberancias del terreno, que continuaba prolongándose también hacia arriba formando pequeñas montañas que le daban al lugar un aspecto de valle.

      Al tomar la curva, pudo divisar que había un descampado hacia la derecha, en el que pudo reconocer un vehículo grande por cuyo alrededores se movía una persona y se dirigió a su encuentro.

      – ¡Eh, oiga! ¿Se encuentra usted bien? –preguntó el hombre de la furgoneta saliéndole al paso. Su mirada recorría el cuerpo desnudo de su interlocutor con una expresión de asombro y perplejidad.

      – ¿Dónde estoy? –preguntó él desesperado.

      Se había llevado una mano a los genitales para evitar una situación incómoda; aunque sin ningún éxito.

      – Pues,… ¿Dónde iba usted a estar?... –dijo el otro, rascándose la sien en ademán de duda –.En el barranco de Guayadeque.

      – ¿El barranco de qué?... –ahora su rostro se tornó en una cómica mueca de asombro.

      – Barranco de Guayadeque –volvió a repetir el otro hombre; sin dejar de escrutar  el cuerpo sin ropa de aquella extraña persona que tenía de frente. Sus ojos se posaron por fin en el rostro del hombre desnudo y sintió de pronto una fuerte empatía al ver la expresión de impotencia e incertidumbre del otro – ¿Tiene usted frío? –Preguntó intuyendo la respuesta.

      – ¡Siiii! –Respondió y le castañetearon los dientes, como si su cuerpo quisiera enfatizar su respuesta –.Mucho… ¿Me podría ayudar?– preguntó medio encogido y frotándose el brazo con la mano que le quedaba libre.

       – ¡Claro, por supuesto! –le respondió el otro hombre y se dirigió a la zona que había tomado como su campamento, una explanada de tierra a un lado de la carretera.

      Tenía una tienda de campaña montada al lado de una furgoneta Toyota; dentro de la tienda  se podía notar movimiento, su mujer cocinando tal vez.

      El hombre desnudo observó a su salvador  revolver  en la furgoneta y extraer  una manta, después cogió algo de una bolsa de deportes que pudo reconocer como unas zapatillas de andar por casa, acto seguido, regresó y se lo ofreció al desconocido.

      –Pedro… encantado –le tendió una mano.

      –Javier… –añadió  el otro mientras terminaba de ajustarse la manta, para luego tenderle una mano completamente pálida y fría (a juego con el resto del cuerpo) –.Lo siento. Estaba tan asustado, que no se me había pasado por la cabeza presentarme.

      –Es normal hombre, en esta situación ¿Quién se iba a preocupar por eso? –añadió Pedro.

      – ¡Muchísimas gracias!  

      – ¡De nada, para eso estamos! –exclamó Pedro muy animado y sonriendo, lo cual hizo sonreír a Javier.

      – ¿Puede  explicarme ahora donde me encuentro?

      – ¡Sí, claro!... Pero sería mejor que nos sentásemos y nos tomásemos una buena taza de café caliente y algo sólido para llenar el estómago, tiene pinta de no haber comido en días. ¿Le apetece?

      – ¡Por supuesto!... Oiga, es usted muy amable –dijo Javier mientras se dirigían a la tienda.

      – ¡Gracias hombre! –Pedro soltó una sonora carcajada en respuesta a los  halagos  de su nuevo amigo –.Creo que sería mejor que nos tuteásemos –añadió.

      Pedro le contó lo sucedido a su mujer y ésta muy atenta, preparó el café y un buen desayuno.

      Javier por su parte les contó lo que recordaba con la mirada fija en el paisaje rocoso que se divisaba a través de la pequeña ventana de la tienda.

      Se vio a sí mismo saliendo de su trabajo.

       –Subí al coche y salí del garaje, conduciendo sin prisas, como cada día; fui dejando la ciudad atrás… –La señora María lo interrumpió al ofrecerle el café, éste lo tomó en sus manos y bebió un sorbo; sintió como el líquido caliente bajaba por su garganta y saboreó aquel calorcillo interior para luego continuar su relato –.Mi casa  está en las afueras de Madrid, a poco más de cuarenta kilómetros, casi en la sierra de Guadarrama. Yo iba por una carretera secundaria por donde no circulaba ningún vehículo debido a la hora que era (no suelo salir tarde, pero ese día tenía mucho trabajo y me dio la madrugada). De pronto, el coche se detuvo. Aunque intenté arrancarlo varias veces, no se ponía en marcha y de repente vino la luz… aquella inmensa luz.

      – ¿La luz? ¿Qué luz? –preguntó Pedro.

      –Una luz inmensa, cegadora, que parecía no proceder de ninguna parte… y luego me despertó la luz del sol… Y ya no recuerdo nada más; sólo aquella luz… Aquella extraordinaria luz. –Javier hablaba pausadamente, conmocionado por los recuerdos que le venían a la mente.

      –Y… ¿Qué fue lo que le trajo hasta aquí? –intervino la señora María  mientras depositaba el desayuno en la mesa de camping.

      –Aquella luz, supongo –respondió Javier con la mirada fija en el paisaje.

      – ¡Ay mi niño!... ¡Qué dilema el suyo!

      –Si señora, es un gran dilema… Es como una gran pesadilla, pero real.

      –Mire cristiano, estese tranquilito, ¿sí? –dijo ella con su deje canario que hizo sonreír a Javier.

      –Son ustedes tan amables. ¿Cómo les podría agradecer todo lo que estáis haciendo por mí?

      –No se preocupe. Haremos una cosa… –intervino Pedro –llamaremos a la policía local para que se ocupe de su caso. ¿De acuerdo? –seguidamente se levantó y se dirigió a la cabina de la furgoneta.

      Cuando volvió portaba en su mano derecha un teléfono móvil y ya marcaba un número. Javier podía escuchar el pitido que hacían las teclas al ser presionadas.

       Mientras Pedro le explicaba lo ocurrido a la telefonista, Javier daba cuenta del suculento desayuno preparado por la señora.

       – ¡Coma mi hijo, coma!... ¡Se ve que tiene usted hambre! –comentó María con una mano en la cintura y otra en la cara, sin dejar de mirarlo y negando con la cabeza, como para darle un matiz exagerado a sus frases.

      Javier la miró sonriendo sin dejar de comer. Le agradaban aquellas personas, que sin conocerlas se habían volcado en ayudarlo. María le resultaba graciosa con su deje tan cantarín y extremadamente amable; Pedro por su lado, le parecía un hombre muy bondadoso y humano. ¿Cómo iba a ser si no, que apareciera un extraño hombre, completamente desnudo y se comportara como si nada?...

       – ¡Ya está! –Dijo Pedro sacando a Javier de sus cavilaciones –.Es posible que tarden un ratito. Me dijo la señorita que me atendió que estaban un poco ocupados, ya se sabe, con esto del fin de semana. Aun así, vendrán lo más rápido que puedan… –Pedro se quedó observando cómo comía Javier y dijo con sorpresa – ¡Pues si que tenías hambre!

       – ¿Quiere algo más? –preguntó María al ver que Javier ya se había acabado su desayuno.

       –No, muchísimas gracias.

       – ¿Seguro, mi niño? –dijo ella sonriendo. –No tenga vergüenza, ¿eh? Que hay comida de sobra.

       –No, de verdad –respondió él avergonzado –.Se nota que es usted muy educado. Debes de tener… ¡Ay! ¡Lo he tuteado, qué vergüenza! –Dijo ella tapándose la boca con ambas manos. Dos nubes rojas se posaron en sus mejillas.

       –No se preocupe, puede usted tutearme.

       – ¡Ah, pues tú a mí también, mi niño! ¡Faltaría más! –Exclamó María una vez repuesta de su rubor –Bueno, pues como te decía, tú tienes estudios, ¿verdad mi niño?

       –Sí,  la verdad es que sí que los tengo. Soy directivo en una empresa importante –su mirada se perdió por la puerta de la tienda de campaña y se posó en un arbusto al otro lado de la calzada. –Yo… yo tengo dinero, ¿sabéis? Una casa grande y muy bonita, un par de coches e incluso una chica de servicio; tengo un apartamento en Mallorca y una pequeña familia: mi mujer, Esther; mi hija Cristina de trece años y mi hijo Oscar de seis.  Aunque nada, absolutamente nada, puede cambiar lo que me ha pasado… Por mucho dinero que se tenga, no se puede evitar ni la muerte ni cosas tan extrañas y horribles como estas.

      –No te agobies con esos pensamientos –lo animó Pedro. –Lo importante es que estás vivo y pronto podrás volver a ver a tu familia y seguir con tu vida normal.

      – ¿Tú  crees que pueda llevar una vida normal después de esto?...  –preguntó Javier, pero no esperó respuesta. Pudo observar como sus anfitriones se quedaron pensativos  –.Ni siquiera sé cuánto tiempo llevo lejos de mi familia –dijo después de una pequeña pausa.

      –Bueno, por el momento podríamos salir de la tienda y sentarnos a esperar a la policía –dijo Pedro amablemente.

      –Sí, eso estaría bien, así respiramos un poco de aire fresco –añadió María.

      Los dos hombres salieron de la tienda de campaña y María decidió quedarse a recoger la mesa y fregar los platos en un fregadero especial para campistas improvisado por su marido.

       Pedro y Javier se sentaron uno al lado del otro, admirando la ladera rocosa y salteada de plantas que se elevaba cual un edificio frente a ellos.

       – ¿Cómo me habías dicho que se llamaba este sitio? –preguntó Javier después de unos minutos de silencio, que ambos aprovecharon para relajarse.

      –Guayadeque, que pertenece a los  municipios de Agüimes e Ingenio. Se extiende unos nueve kilómetros y tiene más de 80 especies de flora endémica, como: el cactus, la pita, la amapola, hay palmeras y pinos canarios, que son los más resistentes al fuego; e incluso almendros, etc.… –Pedro hizo una pausa y miró a Javier, que parecía estar impresionado.

      – ¡Qué lugar más interesante! Se ve que conoces tu tierra.

      –Por supuesto que la conozco y la adoro. ¿Te sigo contando?

      –Sí, continúa. Al verte tan apasionado me estoy contagiando, además, es evidente lo bonito que es este sitio –dijo Javier.

      –Pues bien, además de la rica fauna de este barranco, tenemos el lagarto Canarión, que es el lagarto gigante más grande del mundo…–ahora Pedro perecía un guía turístico, lo cual entusiasmó a Javier y lo hizo sonreír –.También corre un arrollo de agua natural, del que se suministra a varios municipios. Y además, fue la zona más poblada de la antigüedad. De hecho, aquí se encuentra el cementerio prehistórico más importante, constituido por cuevas inaccesibles; que fueron utilizadas por nuestros ancestros como viviendas, almacenes de  comida e incluso como lugar para practicar cultos, como el de la fertilidad. Y huelga decir que hay tres restaurantes cuevas donde se come de maravilla…

      Un coche patrulla hizo acto de presencia frente a los dos hombres  interrumpiendo la formidable explicación de Pedro sobre el susodicho barranco. Ambos se quedaron mirando para ver como descendían del coche dos guardias de la policía local. María salió de la tienda secándose las manos con un paño de cocina para observar la escena ella también.

       – Buenos días ¿Son ustedes los que nos han llamado? –preguntó uno de ellos mientras se acercaba.

       – Sí, hemos sido nosotros –dijo Pedro presentándose; acto seguido presentó a Javier y a María. Después se dispuso a contarle lo sucedido.

       El policía iba tomando nota de todo lo que le iba contando Pedro con la intervención de Javier y como no de la señora María, que terminaba las frases de su marido y siempre tenía esa expresión de asombro que la caracterizaba. El policía no daba crédito a lo que le contaban, pero haciendo honor a su profesionalidad, se limitaba a tomar notas sin permitir que la historia lo perturbara. Luego le preguntó los datos personales a Javier para escribirlos en su informe.

        –Pues bien, suba usted al coche y lo trasladaremos a un hospital para un reconocimiento… ¿Se encuentra usted bien? –dijo el policía después de haber tomado notas de todo.

        –Sí, claro. Muy bien. He pasado algo de frío y un poco de hambre, por lo demás me encuentro bien.

        –Aún así, será mejor que pasemos por un hospital. Después avisaremos a la policía nacional para que se encarguen de la investigación, puesto que eso no nos compete a nosotros. Ellos se encargarán de contactar con su familia y llevarlo a su casa.

      El agente extendió la mano para indicarle a Javier que subiera al coche patrulla y éste se dirigió a sus dos nuevos amigos antes de partir.

      –Quiero que me dejéis vuestras señas, me gustaría compensaros.

      – ¡No hombre! ¡No se atreva a mandarnos dinero!, ¿eh? –dijo María con expresión de enfado, pero que aun así, a Javier le divertía.

      –Bueno, por lo menos podríamos estar en contacto. Me gusta este lugar para venir de vacaciones y si todos son tan agradables como vosotros…

      – ¡Ah bueno!  –Lo cortó María – ¡Eso sí! Cuando usted quiera nos llama para que se venga con su prole.

      –Bien, iré a escribirte nuestras señas y cuando estés en casa nos llamas y nos cuentas qué tal te ha ido. Después hablamos de vacaciones –dijo Pedro y acto seguido se dirigió hacia su furgoneta.

      Un minuto más tarde, regresó Pedro con una hoja de papel escrita con su nombre, su dirección y sus números de teléfono. Se la tendió a Javier con la mano preparada para darle un apretón, que Javier correspondió con una gran sonrisa. Después le dio dos besos a María y ésta aprovechó para estrecharlo en sus brazos como si se tratara de su propio hijo.

       – ¡Ay! ¡Cuídate mi niño! –exclamó ella después de haberlo soltado.

       – Lo haré, no te preocupes. Cuidaros vosotros también –dicho esto, se giró y se subió al todo terreno de la policía.

      Cuando el coche empezó a andar, Pedro y María se quedaron de pie observando cómo se alejaba, ambos se cogieron de la mano y elevaron las otras en ademán de despedida. Javier por su parte, se giró e hizo lo mismo.

      Notó entonces que una lágrima le resbalaba por la mejilla.